miércoles, 23 de septiembre de 2015

Libros


Vi a Magdalena sentada en una silla, tenía el torso desnudo. Al lado de ella estaba parado Bernardo y la miraba. Ella tenía en sus manos un suéter tejido al crochet y con una aguja lo estaba reparando. Cuando terminó se lo puso y dijo señalando con la mirada a Bernardo: “Mi marido siempre me dice que él y yo somos el uno para el otro” Mis sueños eran siempre así: fantasiosos, sin conexión alguna con la realidad, y si llegaban a tenerla escapaban a mi comprensión. Hablé con una psicóloga conocida y nos reímos juntas de algunos, lloramos con otros y concluimos que a veces no se les puede encontrar sentido. Fui anotándolos en un cuadernito con tapa de cuero negra. Cada día escribía lo que había soñado la noche anterior. Un día descubrí con asombro que disponía de un material importante. Cinco cuadernos había completado. Se me ocurrió que podría publicar un libro. Feliz fui a la imprenta de un amigo y le comenté mi idea. Mi amigo me dijo que ya no se publicaban libros. Salí medio desilusionada y visité cinco imprentas más y obtuve en todas ellas la misma respuesta. Cuando pregunté el por qué obtuve solo evasivas. Entonces decidí buscar información en internet sobre el tema. No pude encontrar ningún link con información. Resolví llevarlo al terreno de lo cotidiano. Charlaría con amigos para ver cuál era su percepción sobre esto. Pero cada vez que iniciaba una conversación sobre libros parecía que las personas perdían interés o se aburrían. Hacía años que no iba a una librería o biblioteca. Los últimos libros que había leído eran los que ya tenía en mi poder . Una noche desvelada, mientras me preparaba un te en la cocina llegué a pensar que me estaba volviendo loca. ¿Puede ser que ya no se publiquen libros en papel? ¿Será así? ¿O fue solo una experiencia personal y en otros lugares si se están publicando?. Sorbí lentamente el te que me había preparado y decidí que no era un tema para pensarlo en una madrugada de insomnio. Pasó el tiempo y las cuestiones de la vida me fueron llevando y me olvidé del tema. También dejé de lado la idea de publicar mis sueños convertidos en cuentos. Pero un día paseando por el Centro vi que estaban demoliendo el edificio del Partido Socialista, donde funcionaba la Biblioteca Popular. Me detuve, crucé la calle y acercándome a un obrero que estaba llevando hacia un volquete una carretilla llena de escombro le pregunté si sabía adónde se habían llevado los libros. El hombre me dijo que no sabía nada y mirando a otro le dijo: ¿Vos sabés Fernando donde llevaron los libros? Y luego dirigiéndose a mí me dijo: El desocupó el edificio, debe saber… Fernando se acercó y nos comentó que no había libros, que los estantes estaban vacíos cuando él vino, solamente sacó muebles y cajas de cartón llenas de microfilms donde estaban las ediciones del diario del partido. Les agradecí y seguí caminado. A dos cuadras estaba la Biblioteca Pública Municipal. Hacía por los menos diez años que no iba, pero tenía que seguir estando allí. Me puse contenta cuando leí en el frente del viejo edificio; “Biblioteca Pública Municipal” , abrí la puerta y entré. Un hombre de traje se acercó y me preguntó que buscaba. Le contesté que quería consultar un libro. El hombre me sonrió y me dijo: Señora, hace años que no hay libros aquí. ¿Cómo? le dije ¡No puede ser! Él volvió a repetir que no había libros. Señalando el frente del edificio le inquirí sobre las razones para que siga el cartel. Volvió a sonreír y me dijo que ahora era un monumento histórico y que los libros que había estaban en anaqueles de vidrio para que las personas pudieran admirarlos. Y me informó que el horario de visita era de 16 a 20. Llegué a mi casa temblando y transpirando. Me sentía enferma y no entendía nada. Por un momento pensé que me había acostado en un siglo y había despertado varios siglos después. En otra época, totalmente distinta a aquella en la que había vivido gran parte de mi vida. Una época donde los libros eran exhibidos en una suerte de museo, donde no se imprimían más, donde no se hablaba más de ellos. Entendí a mis amigos cuando les hablé del tema, para ellos habrá sido como si estuviera preguntando cosas sobre las armaduras usadas en el siglo XV. Una cosa totalmente fuera de época y aburrida. Me sumergí en una depresión que me tuvo ausente por varias semanas. No salía, hacía mis compras por teléfono, no recibía llamadas de nadie, llegué a descolgar el tubo. La señora que venía a limpiar tenía llaves de la casa y órdenes estrictas de no molestarme. Una vez por semana le depositaba el salario en su cuenta. Y una vez por mes pagaba también por Internet todas mis deudas. Una mañana decidí que no podía seguir así. Me levanté, desayuné, me di un baño y pedí un taxi. Iría de nuevo a los lugares que había visitado para corroborar mi propia experiencia. Visité la sede del Partido Socialista y descubrí con asombro que seguía en pie. Entré y la bibliotecaria se acercó a saludarme y contarme que estaba preparando un catálogo con los nuevos títulos adquiridos. Le agradecí y me despedí. Las dos cuadras que me separaban de la Biblioteca Municipal las hice corriendo. Cuando llegué el mismo hombre que me había atendido la vez anterior me informó que como era temporada de invierno la Biblioteca abría de tarde. Le pregunté: ¿pero hay libros? El hombre entre asombrado e irónico me contestó: Si señora, es una biblioteca. Feliz volví a mi casa y mientras me tomaba un te de manzanilla releí mis notas y resolví que era tiempo de ver a mi amigo de la imprenta para solicitar un presupuesto

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